Vanguardismo clasicista. Es decir, Wilco

Hoy me permitiré un lujo. Puede ser un pecado en los mandamientos bloggers, pero me da igual, vale la pena arriesgarse. Me cuesta mucho definir lo que aporta Wilco a la música alternativa, por decir algo. Una banda musical como los de Chicago cuesta mucho de definir. En éste post de “el Cadillac Negro” se hizo un gran artículo de Wilco, y hoy lo queremos mostrar aquí, simplemente para saber qué se cuece en los hornos alternativos de Chicago. Buen provecho!

Wilco, magisterio entre el clasicismo y la vanguardia

“I dreamed about killing you again last night and it felt alright to me/ Dying on the banks of Embarcadero skies I sat and watched you bleed/ Buried you alive in a fireworks display raining down on me/ You cold, hot blood ran away from me to the sea”. Jeff Tweedy susurra estas siniestras líneas entonando una cálida melodía, en la mejor tradición de las murder-ballads, acompañado de acústica, piano, órgano, bajo, batería y una guitarra que parece pedal steel pero no lo es. Todo fluye con belleza y sentimiento, pero de repente, sin previo aviso,  un torbellino de ruido, furia y caos acuchilla lo que hasta ese momento era una country song de manual. La tormenta dura apenas 20 segundos en los que cada músico desangra su instrumento mientras Tweedy sigue cantando impasible, y cuando súbitamente el huracán se disipa cada uno continúa como si nada hubiera pasado. La canción se llama “Via Chicago” y ejemplifica perfectamente ese equilibrio entre clasicismo y vanguardia sobre el que descansa el poder de Wilco, posiblemente la banda más imprescindible del rock norteamericano contemporáneo. Un grupo especialmente dotado para  establecer puentes entre diversas corrientes estilísticas   –desde el  country hasta el power-pop pasando por el folk, la psicodelia y el rock’n’roll- y después dinamitarlos mediante disonancias alucinadas, sarpullidos electrónicos, brochazos de abstracción y una caligrafía instrumental siempre inventiva pero sin llegar nunca al exhibicionismo vacuo. Para quien los ha visto en directo, no cabe duda de que Wilco ofrecen una experiencia musical de intensidad incomparable, superlativa, apoteósica.
Wilco nace de las cenizas de Uncle Tupelo, banda pionera del country alternativo en los años 90. La marcha del líder de aquella formación, Jay Farrar, deja solos a Tweedy, el bajista John Stirrat, el multiinstrumentista Max Johnston y el batería Ken Coomer, que debutan con el nuevo nombre en 1995 con “A.M”, su trabajo más clásico y ajustado a las normas canónicas del género. Temas como “Casino queen” o “Passenger side” serían recurrentes en su repertorio muchos años después, pero no hay nada en esta entrega inicial que haga presagiar lo que depararía el futuro, pese a su impecable solidez. Mucho más revelador es “Being there” (1996), disco doble en el que ya entra el multiinstrumentista Jay Bennett como quinto miembro y que supone su particular recorrido por la historia de la música popular norteamericana, su propio “The river”. Se mantiene la herencia country (“Forget the flowers”), pero la paleta ya se amplía sin miramientos al pop (“I got you”), al rock de raíz stoniana en el que caben los metales (“Monday”) y a las escapadas psicodélicas desde las que se atisban experimentaciones venideras (“Misunderstood”). El primer CD de este disco sigue pareciéndome una puerta de entrada más que recomendable al universo Wilco, a falta de recopilatorios en el mercado.
Asentados como banda con personalidad propia y bien definida, Wilco son requeridos por Billy Bragg para funcionar como su grupo de acompañamiento en “Mermaid Avenue” (1998), proyecto en el que se recupera abundante material inédito del cancionero de Woody Guthrie y que tendría una secuela dos años después. El encuentro aportaría canciones folk tradicionalistas tan notables como “California stars”, “One by one” o “Airline to heaven”. Sin embargo, no bajan la guardia y rápidamente se ponen a trabajar en su tercer disco, “Summerteeth” (1999), en el que ya no está Johnston y en el que Bennett cobra un rol más protagonista. Los sintetizadores, una producción exuberante, mayor riqueza armónica y una orientación más clara hacia el pop con querencia sixties (con The Beatles como referencia más obvia) desembocan en un trabajo con mayor potencial comercial en el que abundan las piezas con maneras de hit (“A shot in the arm”, “I’m always in love”) convenientemente equilibradas con medios tiempos agridulces como “She’s a jar” o “Pieholden suite”.  Aunque defrauda las expectativas de ventas de su compañía, Reprise, creativamente “Summerteeth” es una maravilla que confirma que Wilco no pueden ser encajonados en un género único y supone probablemente su colección de canciones más luminosas y melódicamente adhesivas.
La historia de la banda encuentra su punto de inflexión en “Yankee hotel foxtrot” (2002), un trabajo que Reprise se niega a editar por considerarlo un suicidio comercial y que finalmente se publica en Nonesuch, convirtiéndose irónicamente en el más vendido de su carrera. Musicalmente, el disco muestra a una banda libre para experimentar a sus anchas, que, con la ayuda de Jim O’Rourke en las mezclas, se dedica a deconstruir el formato rock para explorar texturas ruidistas o electrónicas, complicadas arquitecturas rítmicas y estructuras dislocadas que le dan la vuelta a los contornos tradicionales que seguían sustentando el punto de partida de su discurso. El disco es ya un clásico del siglo XXI. Es el disco de “I am trying to break your heart”“Ashes of American flags”, “War on war”, “Heavy metal drummer” o “Jesus, etc” (posiblemente su canción más popular por su inclusión en un anuncio de telefonía móvil), pero también es el momento en el que las turbulentas disputas entre  Tweedy, cada vez más atormentado por sus migrañas, y Bennett llegan al punto de no retorno, como prueba el elocuente y recomendable documental “I am trying to break your heart. A film about Wilco”. El conflicto se salda con la salida de Bennett, fallecido en 2011, y la entrada del inconmensurable batería Glenn Kotche, que aportará nuevas sutilezas y detalles técnicos al sonido del grupo.
Definitivamente encumbrados por la crítica y en su momento comercial más dulce, en 2004 aparece “A ghost is born”, más orgánico que su predecesor pero aún dispuesto a seguir abriendo caminos  no transitados, como la larga y sinuosa “Spiders (Kidsmore), en la que Jimi Hendrix parece improvisar sobre el ritmo metronómico de Neu!, o la coda de doce minutos de ambient minimalista de “Less than you think”. Para el recuerdo queda la catárquica cabalgada eléctrica de Tweedy a lomos de Crazy Horse en “At least that’s what you said” o el irresistible sabor beatle de “Hummingbird”. Un disco de absoluta madurez y sabiduría que probablemente sea mi favorito de la banda. Tras su publicación, Wilco configura su alineación definitiva con la entrada del teclista Mikael Jorgensen,  el multiinstrumentista Pat Sansone y, sobre todo, el exquisito Nels Cline, un finísimo guitarrista procedente del jazz capaz de tocar con la mayor de las elegancias y dejarse llevar por espasmódicos accesos experimentales que se convertirá, con permiso de Tweedy, en el motor creativo del grupo en directo, como atestigua el doble “Kicking television: Live in Chicago” (2005), que pese a todo no termina de dejar patente el enorme poderío del sexteto sobre las tablas.
La estabilidad en el seno de la banda  y la curación de los dolores de cabeza de su líder abren una nueva etapa en el grupo, en la que retornan a sonidos más conservadores y dejan aparcadas sus inquietudes experimentales (no así en sus conciertos, donde siguen siendo una bestia parda que no conoce límites). “Sky blue sky” (2007) supone una pequeña decepción para los seguidores más “modernos” pero el tiempo ha confirmado que, pese a su ausencia de riesgos, contiene un puñado de grandes canciones, entre las que destacan “You are my face” y, sobre todo, “Impossible Germany”, que con su solo galáctico rebosante de clase y buen gusto por parte de Cline es ya una de las piezas indispensables de su repertorio. “Wilco (The álbum)” (2009) sigue en la misma línea de perfección formal, para unos atemporal y para otros complaciente. De nuevo entregan un paquete de fantásticos temas (“I’ll fight“, “One wing”, “Bull black nova“) aunque algunos, maliciosamente, hablan de “dad-rock”, pero los críticos no tienen más remedio que enmudecer cuando el sexteto se sube al escenario. Sin embargo, el reciente  y autoeditado“The whole love” (2011) sí supone una clara recuperación de su afán innovador, como demuestra la absolutamente brutal “Art of almost”, una barbaridad que combina la sutileza de la electrónica más arty con la contundencia del stoner-rock. El álbum es también un compendio de todos los poderes de Wilco, del músculo de “Born alone” a la sabia delicadeza de “One Sunday morning”, pasando por la belleza crepuscular de “Black moon” o el pegajoso estribillo de“Dawned on me”.
Probablemente conscientes de su condición de intocables entre la crítica más selecta y del respeto absoluto que le profesa su público (aunque ahora ya saben que nunca serán masivos, y menos en un mundo como éste), Wilco ya parecen estar por encima de los cansinos debates entre aquellos que desearían que se lanzasen a tumba abierta y sin freno de mano por el precipicio vanguardista y los que lamentan que no mantengan los pies bien anclados en las raíces. Wilco son dueños de su propio sonido, un neoclasicismo magistral que ya es capaz de mirar de tú a tú a los más grandes de la historia.
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