Massive Attack: el futuro se hace presente

La celebérrima banda inglesa de rock electrónico fue la encargada de inaugurar el Sónar 2014 en su 21 edición, una cita obligada de referencia internacional para los más exigentes seguidores del género. La carta número 21, la última de los arcanos mayores del Tarot es El Mundo, un arquetipo esotérico que simboliza la suma de todo lo precedente, la plenitud y, en ocasiones, el éxito absoluto. Massive Attack lo consiguió de forma apabullante con una feliz combinación de música avanzada y luminotecnia de última generación.

La propuesta musical de esta formación de Bristol se basa en el audaz mestizaje entre baterías de sintetizadores, percusiones duplicadas, guitarras desgarradas, bajos vibrantes y vocalistas exquisitos como Martina Topley-Bird o el jamaicano Horace Andy, con su característica sonoridad de reggae frío. La primera parte de la sesión navegó en las aguas tranquilas del trip-hop, con momentos especialmente celebrados por el respetable como sus hits de Mezzanine, pero no fue hasta la aparición de la guitarra solista cuando estos músicos elevaron su repertorio hasta cotas estratosféricas con un sonido algo sucio por momentos, pero de una intensidad in crescendo muy bien interpretada acabando por todo alto cada tema.

Capítulo aparte merece su innovadora y deslumbrante puesta en escena, concentrada en una especie de monolito horizontal (¿homenaje a 2001?) que ilustra lumínicamente –a velocidad subliminal por momentos- los contenidos de las composiciones, la crítica y la actualidad de última hora. No hay nada gratuito ni efectista en este deslumbrante despliegue de luces y datos, todo tiene su razón, sus motivos, su sentido. Incluso se aprecia una clara simbología político-reivindicativa en la elección y combinación de los colores rojo y negro (la subversión) y el blanco (lo establecido).

Más evidente es la crítica a la sociedad de la información, a la cultura de las marcas, a la abrumadora sobreexposición de datos que muchas veces confunde y a menudo manipula. Todo cuidado al detalle, con mucho esmero, también con textos en catalán que reflejaban desde aspectos festivos sobre el sexo en el Mundial de Brasil a una insólita pregunta de las recientes pruebas de selectividad: Per què no orinen els ocells?

En definitiva, pocas veces he asistido de un concierto donde música comprometida y arte contemporáneo se fusionen de forma tan fluida, armónica y hermosa, todo ello en el excepcional y colosal escenario de la Fira Gran Via de l’Hospitalet, un espacio magnífico que hace que el asistente tenga por momentos la sensación de que podría estar en lo último de Londres, París o Nueva York.

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