La inmortalidad de Goethe.

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Según algunas fuentes -de incompleta autenticidad-, en 1823 Goethe escribió al emperador Carlos Augusto de Weimar y, refiriéndose a Bettina von Arnim, la tacha a ésta como «moscón antipático». Kundera califica a ésto como “libertad pura”.

Situémonos en la historia. En primer lugar, es preciso saber que Bettina fue una de las amantes -presuntamente ideales- del magnánimo Johann Wolfgang von Goethe. Dejando atrás toda la polémica que puede suscitar si es o no parte de la mitología que persigue a un personaje universalizado, o del hecho que Bettina fuese hermana del famoso poeta Clemens Brentano, hay que destacar algo verdaderamente esencial: la inmortalidad.

Goethe se escapó, en opinión de Milan Kundera, de su inmortalidad. Esas palabras no armonizaban para nada con su definición, con su nombre, con su concepto, con su vida y menos aún con su obra. Por lo tanto, renunció a su estatus, al personaje en el que había entrado. El gran poeta dejó de proteger lo que llevaba toda la vida intentado conservar. Esa “libertad pura” de la que habla Kundera, aunque parezca algo romántico y trascendental, se trata de un término que caracteriza un fenómeno significativamente actual. La inmortalidad viaja como una nube radioactiva en nuestros días. Más que antes, las ansias por el poder de la fama, por ser universalmente célebre, está presente. Querer ser recordado se encuentra intrínsecamente incorporado en nuestra piel. Miren la programación de MTV, visualicen, si pueden, un solo programa de Gran Hermano VIP -Very Important Person, ¡claro que sí!- o pregunten por la calle quién cambiaría su vida y su alma por tal que su fama sea invulnerable al paso del tiempo. Es de genética, me dirán. Sí, por supuesto que el propio Kundera pensaba en su propia inmortalidad mientras expresaba esta reflexión. En cualquier caso, buscamos ser inmortales. Eso es algo que tiene infinitamente más valor que un Aston Martin, o que una mansión en las Bahamas. Si me preguntan a mí si busco la inmortalidad, les contestaré que, en cierto modo, si me la regalan, la aceptaré con brío. No estaría dispuesto a renunciar a mi fama histórica y realmente existencial.

Además, Kundera distingue dos clases de inmortalidad. Es una diferencia gradual: existe la inmortalidad menor y una mayor. La menor se define en términos de recuerdos próximos, esto es, recuerdos de allegados, de seres queridos, de amigos o de conciudadanos. Digamos que este tipo de inmortalidad actúa en un radio considerablemente limitado; tiene una onda expansiva marcada y breve. Después está la mayor, la inmortalidad universal-histórica o, expresado en términos más exactos, la inmortalidad planetaria. La escala de ésta es mucho mayor, de tal manera que su halo cruza continentes, siglos, culturas e idiomas. Es la inmortalidad que poseían Michael Jackson, los Fab Four o Napoleón.

Kiko Rivera acudiendo a su relativamente pequeña inmortalidad, que por desgracia tiene.

Kiko Rivera acudiendo a su relativamente pequeña inmortalidad, que por desgracia tiene.

Muy bien, pues a mi si me ofrecen la más pequeña, tal cual he dicho, la aceptaré con dignidad, por qué no. Y si me otorgan elección, me decantaré claramente por la segunda. Ser inmortal exige precisamente eso: arrastrarse en la humillante verdad mediante la vanidad y la arrogancia humana. Volviendo a lo que nos concierne, la alusión a «libertad pura» es algo francamente interesante. Ejercer una tipología de libertad pura, presuponiendo los límites que conlleva la acción de ejercer en tanto a ser humano -sus condiciones, su precio- significa la enajenación a todo rigor normativo o sistema social regulador/opresor que el ambiente “civilizado” implica. El gesto de Goethe ocupa tan solo unos segundos, un conjunto de fonemas, meras palabras fugaces que, en otro contexto, se hubiesen desintegrado en el aire. Por contra, es la voz de la «libertad pura».

Consecuentemente, Goethe mancilla el nombre de este personaje, conociendo y valorando (o no) los posibles efectos o resultados. Gracias a esta clase de alienación, a este desafío a los valores establecidos, nuestro amigo Johann se baña de «libertad pura», algo que en el panorama occidental y particularmente en este país se echa de menos. No obstante, Kundera arguye que el hombre moderno1 es la personificación de la debilidad materializada; un ser perpetuamente sujeto, encadenado y sumiso a su imagen, a su “yo” como capa exterior en el centro de una sala llena de ojos y cámaras que te etiquetarán y, ¡a facebook que irás!. La libertad pura, entonces, ha pasado a ser una paradoja de su origen: es un estado utópico, abstracto, un concepto vago al que es imposible acceder hoy en día sin aparecer al lado de Belén Esteban.

De:

KUNDERA, Milan La inmortalidad. Tusquets editores, Barcelona (1990).

1«Homo sentimentalis».

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