Unverständlichkeit

Esto decía Enric Marco Batlle antes de 2005: 

Me he replanteado muchas cosas, también por motivos personales anteriores, tras leer “El impostor”, de Javier Cercas. Una de ellas es el daño de la mentira. Otra de ellas es su precio y justificación. A la primera, he llegado a la conclusión que no tiene límite, y a las dos siguientes que es muy barata pero no siempre fácil, aunque en ningún caso justificable, por muy buenos que sean los fines: su daño, recordemos, no tiene límites. Enric Marco se reinventó una vida para poder dejar de ser uno más: uno que tenía que agachar la cabeza o alzar la mano y cantar el Cara al sol cada vez que iba al cine, uno que no tuvo una vida fácil, uno que no era ningún héroe ni podría serlo según su modus vivendi, uno que se fue de su país para huir de Franco (aunque fuera haciéndole un favor al dictador y Hitler con ése tratado propagandístico).

Cambié el escenario, pero yo también soy un superviviente. ¿Cómo se atreve alguien a decirme que yo no era de los suyos sólo porque no estuve en un campo de concentración?” – Enric Marco

Impostores lo somos todos, el mismo Cercas lo reconoce. Todos (o casi todos) tenemos la necesidad de que nos acepten, nos quieran y admiren, nos cuesta aceptarnos tal como somos. Todos mentimos, aunque sea para proteger o mirarnos al espejo intentando justificarnos. Todos llevamos un impostor en nuestro interior. Todos queremos ser engañados pese a saber que somos engañados cuando vamos a un parque temático y sabemos que no estamos pisando el Far West o la China. Todos tenemos una gran capacidad por decir Sí a todo, pero no siempre a decir No cuando toca. Y muchos que vivieron en la época de Marco, sin tanta genialidad y con más escrúpulos, se atrevieron a exagerar y edulcorar su desafección ante el terror totalitarista español, con batallitas heroicistas para calmar su conciencia.

La poesía es un engaño, en el que quien engaña es más honesto que quien no engaña, y quien se deja engañar más sabio que quien no se deja engañar” – Gorgias

Incluso a través de Cercas, el libro puede que consiga hacerme sentir un poco culpable, con momentos tímidamente compasivos hacia la persona de Marco, hacia esa necesidad de hacer su vida mucho más interesante y mucho menos desgraciada de lo que en realidad es, aunque nunca lleguemos (porque nunca llegaremos) a saber todo lo que es y lo que no es cierto. Marco se inmiscuye en nuestros principios más básicos, en relativizar el engaño para intentar justificar los medios con el fin. Pues bien, me atrevo a agradecerle a Marco esa lucha por la memoria histórica, para hacer que se conociera más, a través de la Amical de Mauthausen, el cruel destino de los Deportados. Sí, con D mayúscula, pues todos ellos merecen nuestro respeto. Sin embargo, al mismo tiempo pienso: ¿es realmente tan poco interesante la vida real de Marco? Probablemente Enric, por encima de todo, se sentía culpable por no haber estado en un campo de concentración. Algo nada extraño si tenemos en cuenta de lo que alguien que estuvo en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial pudo ser testigo. Te sientes culpable por sobrevivir. Una pena maquillarlo todo de esta forma.

Soy ateo, y escribo dios, así en minúscula, sin dejar de respetar a las otras posiciones. Pero no soy un mentiroso, entre otras cosas porque a mi edad es bastante improbable que haya estado en un campo de concentración nazi. De todas formas, he visto los restos de Sachsenhausen, y siempre he tenido un interés muy grande por cómo han podido existir en este mundo crueldades como los Sonderkommando. Por eso, me produce tanta desafección la mentira. Y lo siento, pero no creo que justifiquen los medios dicho fin. Por suerte y por desgracia, el caso que pretendía encarnar Marco, no fue el único. Judíos, negros, homosexuales y enemigos políticos o “traidores” al Tercer Reich padecieron en todos los sentidos.

Pertenezco a un pueblo y a una cultura que no se ha resignado a darle la última palabra al dolor y ha convertido sus pesares en materia de esperanza. El judío confía en una interpretación más y cree que es posible volver a empezar. El holocausto no tuvo la última palabra.”  ― Santiago Kovadloff

Yo suscribo una gran parte de lo que el autor nos intenta explicar en el libro, aunque no sé si toda: ¿no hay acaso, un momento en la vida que, cómo a Enric Marco, nos desenmascaramos o desenmascaran, y entonces tenemos la oportunidad de pagar el precio de la compostura y abandonar paulatinamente esa impostura?

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