La voluntad de lo absurdo. Kaurismäki y Schopenhauer.

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Todo en el planeta -nos ahorramos afirmar en todo el universo, por si a caso- parece tener un límite, y el ser humano no es ni mucho menos la excepción que quebranta esta regla. Kaurismäki (1957) coloca sobre la mesa la cuestión de la sobrecarga moral y psicológica a la que el hombre se somete en tanto a su desesperante condición en un mundo muy a menudo cruel, adverso y salvaje.

Luces al Aterdecer (2006) narra la historia de Koistinen (Janne Hyytiäinen), un atormentado personaje que no presenta voluntad de rendición pese a llevar una existencia austera, mediocre y triste. Se malgana la vida sumando horas como guardia de seguridad en una empresa despótica. La soledad es su única e íntima compañera, y se amolda perfectamente a su carácter introvertido. Aunque en la tragedia se pueden apreciar momentos de ternura -la mayoría de ellos falsos e ilusorios-, la corrupción anímica y la misantropía que ambientan la película se canalizan en el espectador con, por ejemplo, la interacción de Koistinen con una auténtica femme fatale, con la férula de la seguridad privada de su país, con un niño condescendiente con un perro desdichado o con un pseudo-clan mafioso; elementos todos estos, proyecciones del mal.
En este contexto, el protagonista principal es víctima directa de un panorama que lo aplasta contra su propia psique y su “yo”. El arquetipo del respectivo personaje converge de manera parcial con la visión cósmica schopenhaueriana del universo vacío y de la perspectiva nihilista de una metafísica carente de significado. El espejismo del deseo, de la meta, suponen una simple vía de escape en un panorama absurdo. El fin, el propósito, es convencional y justo ahí reside la eterna condena del ser humano: la invención y la fe en lo irrealizable. Koistinen desea abrir, en un futuro próximo, un negocio propio. Su voluntad idealizada encarna el anhelo de aquello que no puede conseguirse. El esquema del ‘deseo/tiempo’ configura nuestro entorno: la banal voluntad de un individuo que se pudre y se desgasta con el paso cronológico.

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En ese aspecto concreto, el director se distancia del filósofo: para Schopenhauer la racionalidad consiste en despertar del circulo de la no-finalidad a través del uso una lúcida consciencia. La aproximación a la felicidad (en ningún caso absoluta), luego, radica en el rechazo del esquema causa-efecto. Por consiguiente, si no hay un fin no hay una justificación y por lo tanto toda potencia es irreverente. En Kaurismäki, en cambio, esa infructuosa voluntad es la que mantiene vivo al joven. La felicidad que creemos que conlleva la realización es neutra o inexistente en ambos casos, pero en Luces al Atardecer no hay gesto ninguno de abandonar la voluntad ni la acción.

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