Mad Men y la última fortaleza del ideal.

Mad Men finalizó su emisión hace pocas semanas. Después de un breve periodo de reflexión —siempre es bueno tomarse algo de tiempo­—toca hacer balance y preguntarse si merece un lugar en la historia televisiva. La serie, ambientada mayormente en el Nueva York de los 60, nos habla de Don Draper, uno de los mejores publicistas del momento. Es un auténtico Casanova rodeado de misterio e incertidumbre creativa. Pero sería una sinopsis poco veraz y crítica si nos quedásemos aquí. Mad Men es mucho más que advertising. Es una serie cercana al estilo novelesco que nos habla de desesperación, transvaloración moral y cambio substancial. Todo esto siempre teñido por el aura de genialidad —no siempre laureada— de Matthew Weiner. La serie, más allá de su trama, siempre viene acompañada de la confusión y la revolución colectiva que acompañó la década de los 60 —y principios de los 70—en EEUU. La lucha social hippie, las guerras raciales, el sexismo en el trabajo, el asesinato de JFK y la Guerra de Vietnam. Nada queda fuera de la visión telemática. Se nos muestra una época donde las desigualdades imperantes eran empujadas por el cambio; donde mientras unos se enriquecían en sus despachos, otros morían tiroteados en el Bronx. Los personajes no abandonan a la sociedad y se ven empapados por la fuerza del momento.

images Roger Sterling, siempre embebido por el vodka, se mueve entre los negocios y el amor libre. Peggy Olson lucha contra el sexismo huyendo del mundo de las secretarías, pero no deja de caer en los perjuicios masculinos. Todos los personajes nos muestran esa inestabilidad, esa lucha social que se transforma nuestra concepción del mundo. Los 60’ podrían ser la primera etapa de un nihilismo nietzscheano, de una muerte de los absolutos morales. La verdad ya nos es puramente objetiva, es humana. Pero quien lidera esta lucha en la incertidumbre es, como no podría ser de otra forma, Don Draper. Este es el personaje más obscuro y crucial en el desarrollo de la serie. Habiéndole suplantado la identidad a su teniente en la Guerra de Corea para poder volver a casa, tiene una lucha constante consigo mismo. Más allá de su imagen de hombre de negocios perfecto, que siempre gana, que sabe convencer a cualquiera; se encuentra una persona débil en lucha constante por saber quién es. Es el arquetipo de la lucha del hombre moderno: es decir, entre lo que somos y lo que los demás piensas que somos. En el mundo de las apariencias —y más aun en el mundo de la publicidad, dónde Draper se contonea como el señor del lugar— es muy importante aguantar el tipo, ceñirte a los convencionalismos y ser alguien el mejor del “rebaño”. Nos despierta la duda que hay siempre detrás de alguien perfecto: Nietzsche nos hablaba de los grandes hombres como simples actores de su propio ideal. La lucha onírica ante aquello que no somos, pero nos morimos por ser. Por esto Don Draper vive atormentado. Es alguien sin su “quién”. La construcción de nuestra propia identidad es una necesidad para nuestra estabilidad emocional. Por eso Don es alguien siempre esquivo de los demás y del propio mundo. Aunque tiene este conflicto existencial, es alguien que se cree su papel. Es un creativo dentro del mundo del marketing, buscando nuevas ideas, creando nuevas necesidades. Cambia o vacía de contenido todo aquello que le parece útil, sea para un anuncio o para su provecho personal. Ya en el primer capítulo, mientras flirtea con Rachel Menkel, nos habla del amor como algo que no existe, algo creado por el mundo publicitario. Todo esto lo afirma teniendo en casa a su bella esposa y sus dos hijos. Don Draper es un estereotipo de la época, manchado por la inseguridad creada por su falta de identidad, ocultándose siempre en su imagen.  Se podría resumir toda la trama del serial como el cambio de Donald Draper, la transformación de su persona, de su imagen y de su ser; todo esto pasando por la decadencia y el éxito.

mad-men-the-phantom-season-finale-review-don-lights-cigarette_featured_photo_gallery Llamo a cualquiera que quiera, que quiera disfrutar, que quiera contemplar algo diferente. No es una gran historia la que nos explica Mad Men. Fue un serial que huyó siempre del gran éxito televisivo. Nos plasma, con una estética magistral, la revolución social de los 60’. Todo esto a través de un personaje digno de una novela como Don Draper. La serie nos quiere mostrar lo que es la vida y la desesperación inherente a esta, empapada siempre por el alcohol y la nicotina, por el adulterio y el conflicto. Es una serie que hay que mirar con atención para hallar aquello que pudiere pasar inadvertido. Tiene buenos diálogos, pero mayoritariamente es más importante la imagen, las miradas, la acción misma. Aquí la interpretación se vuelve más importante que el texto. Así, con una estética muy cuidada y con una acción más novelesca que televisiva, Mad Men se presenta como una serie sobre una época, más allá de la historia que nos quiere narrar. Todo siempre acaparado por Don Draper —interpretado por Jon Hamm— con su aura de misterio, acompañado de un conjunto de personajes a los cuales odiarás y querrás al mismo tiempo. Por lo tanto, no es una historia más. Es un espejo, dónde contemplar la vida, el curso de la historia reciente, la imagen de nosotros mismos a través de otras personas: otra perspectiva.

Colaboración de Héctor Mora Barranco, Graduado en Filosofía. Ver también su otro post. 

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