El alma de Hitchcock

Hitchcock. USA, 2012. 94 min. Director: Sacha Gervasi. Guión: John J. McLaughlin (basado en el libro de Stephen Revello). Fotografía: Jeff Cronenweth. Montaje: Pamela Martin. Música: Danny Elfman. Reparto principal: Anthony Hopkins, Hellen Mirren, Scarlett Johansson y James D´Arcy.

Dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer. Mejor dicho, junto a un gran hombre. Alma Reville/Alma Hitchcock fue una personalidad tanto o más completa y compleja que su genial esposo, pero sin sus complejos y neurosis: esposa fiel, madre, amante (en camas separadas), crítica, colega, confidente, cómplice, admiradora, creyente indesmayable en su talento, siempre leal y disponible en los peores y más necesarios momentos. La joya de la corona, vamos. La interpretación de la siempre solvente Helen Mirren hace justicia a esta figura esencial en la biografía del realizador y es en todo momento la réplica perfecta del colosal Anthony Hopkins.

Hitchcock se centra en el momento en que el director –ya consagrado- decide dar un giro a su triunfante carrera con un proyecto –Psicosis– cargado de audacia creativa, pero incomprensiblemente incomprendido por la industria y perseguido obsesivamente por el severísimo Código Hays, la implacable censura de la época. Censores enfermizos que obligan a la opulenta Janet Leigh a usar un sujetador casi ortopédico y, por extensión, a extremar el genio y el ingenio en la legendaria secuencia de la ducha. En resumen, una larga y tortuosa odisea que casi le lleva a la ruina material y personal.

La elección del reparto es uno de los grandes aciertos de esta producción. Mirren y Hopkins “resucitan” a sus personajes con sus interpretaciones tan creíbles como emocionantes. Scarlett Johansson es una muy convincente Janet Leigh y la presencia de James D´Arcy como Anthony Perkins es todo un hallazgo. Sobra algo de azúcar al final de la película y hay cierta tendencia a la mitomanía, un desequilibrio a favor de las luces sobre las sombras del personaje.

“Mi teoría es que Hitchcock estaba obsesionado con el asesinato, y sus películas eran formas de exorcizar su obsesión, y de lidiar con sus propios miedos y deseos. En lo más profundo de su ser temía ser capaz de cometer él mismo todos esos terribles crímenes, y que bien podría haber sido un asesino de no haber tenido talento para reconducir sus impulsos a través de las películas”. (Sacha Gervasi).

Puede ser. O quizás, como Norman Bates, fuera incapaz de matar una mosca.

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