El poeta que quería ser poema

Luis Antonio de VillenaRetratos (con flash) de Jaime Gil de Biedma. 109 p. Seix Barral. Barcelona, 2006.

“Alguien dijo que la vida es como el hall de un gran hotel.” Así arranca esta espléndida evocación de la figura de Gil de Biedma por el amigo y también poeta Luis Antonio de Villena. El retrato prosigue con una lúcida reflexión sobre la amistad, más concretamente lo que nos da derecho a llamarnos amigos de, especialmente cuando el amigo es una leyenda viva que acaba de morir.

El autor se toma muchas reservas sobre si realmente llegó a ser un auténtico amigo del retratado, o más bien un cómplice discreto de las largas noches de alcohol y cacería sexual que ambos compartieron hasta ese momento en que –como decía De Biedma- “la noche se confunde con la vida.” Tras la breve, intensa y magnífica lectura de este retrato, al lector no le queda la menor duda de que De Villena no sólo fue un amigo, sino un amigo leal.

Luis Antonio de Villena

Jaime Gil de Biedma fue en vida –en vida pública- muy pudoroso con su homosexualidad. Cuando se anunció su muerte por sida a principios de 1990, lo que era un secreto a voces se hizo público y notorio. Algo en el fondo del todo irrelevante desde el punto de vista literario, ya que el poeta siempre escribió en neutro y jamás hizo de su orientación sexual causa ni bandera en su corta y brillante obra.

25 años después, por expresa voluntad del autor, aparecerán sus esperados diarios que el poeta confió a su agente, la no menos legendaria Carmen Balcells. Mientras llega ese esperado momento, este pequeño gran libro es una excelente aproximación al mundo noctámbulo, a veces divertido, a veces sórdido, siempre intenso, que De Villena ha sabido relatar como sólo lo pueden hacer los buenos amigos que saben muy bien lo que dicen:

En la calle Villalar (casi enfrente del edificio de la Embajada francesa) había un bar, abierto hasta las claritas del alba o más, cuyo nombre, si lo tenía, yo nunca llegué a saber. Si lo tenía o ponía no estaba muy visible. Yo lo llamaba “La cueva” o “La gruta”, primero porque se entraba bajando unas escaleras, y segundo –metafóricamente- por la lobreguez y el personal que lo poblaba. Allí pululaba todo lo que la noche deja llegar hasta sus horas últimas. Borrachos consuetudinarios, señoritos golfos, golfos sin nada de señoritos (más bien buscando a alguno), chicas descarriadas ya entradas en años, delincuentes de ocasión –allí generalmente en son de paz- que hacían parada y fonda, trotamundos, insomnes irredentos, gentes sin oficio ni beneficio, y como decía un pianista amigo mío, personas de sueños rotos, que al alba suelen mezclar un platito de albóndigas con unas cortadas rayas de cocaína. Alcohol, por supuesto. Y una luz amarillenta, semioscura, propia del sabor a tugurio clandestino. Ése era uno de los lugares favoritos de Jaime, en Madrid, para acabar la noche.

Jaime Gil de Biedma

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