6 horas

Sorpresa. Aquella expresión facial transmitía una profunda sorpresa, esta iba acompañada de una enorme lástima. Fue el rostro de aquel revisor de billete de autocar, singular hasta ahora en mi viaje, el que me hizo saber que eran 6 horas las que me esperaban de trayecto en aquellas condiciones. Cuales eran aquellas condiciones? Podían empeorar? Así pues, 6 horas que tenían que ser invertidas. Con la intención de transferir el máximo de la experiencia de ese trayecto, decidí sacar libreta y bolígrafo para empezar a plasmarlo.

6 horas llenas de sacudidas, baches que si no tenían bastante al destrozarme el culo, podían fácilmente acabar empotrando mi encéfalo contra el abrupto techo del automóvil. Gracias a la experiencia había desarrollado una técnica para evitar que esto pasara. Era en el preciso momento en que se levantaba el vehículo para encarar el bache, que me medio incorporaba. Sirviéndome de mis rodillas como amortiguador, permitía, en cierta medida, suavizar el impacto contra la base. Y es que no se trataba de un vehículo en las mejores condiciones.

6 horas que resultaban ser la extensión de un viaje anterior. Aquel, un descenso de un puerto de 1200 metros, trayecto el cual había sido capaz de provocar en mí un más que ligero mareo. Y es que el hecho de serpentear montañas invadidas por monos con abundantes acantilados no formaba parte de mi rutina. Y más, teniendo en cuenta el pilotaje de los individuos de aquel país.

6 horas de contención de esfínteres. Y es que en el preciso instante de subir al vehículo ya tenía la necesidad de orinar. Era la posición, la afluencia de pasajeros y la previsión de escasas paradas de una suficiente duración, el que me hacían pensar en un enorme esfuerzo para no relajar los músculos. Me encontraba empotrado junto a una ventana, en una hilera de 3 asientos, todos ellos ocupados. La más que voluminosa mochila se apoyaba entre mis piernas, la segunda bolsa lo hacía sobre el regazo. Esta combinación dificultaba mi evacuación del vehículo.

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6 horas por delante y cuando tanto sólo habían transcurrido 15 minutos era otra necesidad fisiológica la que aparecía. La necesidad de alimentarme. Lo mas probable es que fuera vicio, pero no quería ni imaginarme cómo evolucionaría esto con el paso de las horas. Canibalismo? Autodevoración? Suicidio? Por suerte, tenía agua, cosa que me reconfortaba mínima-mente.

6 horas afortunadamente acompañadas de un paisaje nuevo para mí, de unos olores y unos sonidos desconocidos, de una fauna y una flora diferente, unos rostros, cultura e idioma, claramente lejanos y lejanas a la mía. Esto facilitaba mi distracción, o esto quería creer. Comportaba efectos secundarios: abundaban las miradas de incomprensión y de curiosidad. Estas, directamente dirigidas a mi persona o de manera descarada a mi libreta. Esto, reducía mi tranquilidad. Afortunadamente, gracias a los días transcurridos en aquel país, ya me estaba acostumbrando. El idioma como barrera, el sueño y los pocas ganas de socializar me motivaron a ponerme las gafas de sol y los auriculares como si fuera un glamuroso jugador de fútbol aclamado por los fans. Al no ser portador de una genética autóctona, no pasaba desapercibido, tampoco tenía el cuerpo preparado para el sol ni el calor que me acompañarían durante aquellas 6 horas.

Al fajo de preocupaciones que ya nublaban mi cerebro se añadió otra. Teniendo en cuenta mi objetivo, transferir el máximo esta experiencia. Seré capaz, una vez llegue a tierra firme, de entender el que ahora estaba plasmando sobre papel? Serán descifrables aquellos caracteres que tan poco parecían formar parte de mi idioma. Y es que si bien nunca había destacado para tener una caligrafía digna, aquel medio de transporte público, aquellas carreteras, la duración del trayecto, las necesidades fisiológicas, el calor, las miradas, las distracciones y las preocupaciones de bien seguro que no colaboraban a su comprensión.

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Sólo había transcurrido una hora, pero con el paso de aquel rato el escenario había cambiado completamente. A pesar de que las sacudidas continuaban torturando mis piernas, mi culo y mi vejiga, había sido capaz de salir del autocar y orinar. El vehículo, se había ido vaciando y una de las pocas personas que continuaban en este, me había ofrecido de comer. Mi espacio vital se amplió, las miradas se reducían y el más importante de todo. Era capaz de entender aquellos jeroglífico. En aquel mismo instante, fui consciente que las nefastas previsiones no se estaban cumpliendo y que todo podría ir peor. Peor, como en el caso en que tuve que compartir autobús con una cabra. Y que, por si fuera poco, además de mearse en el vehículo, esta me fue dando cornadas a la espalda durante todo el trayecto.

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