Sobre como mueren asesinados aquellos que defienden el patrimonio natural que tanto admiramos cuando viajamos (II)

Dos casos ejemplares

En un post anterior introdujimos el problema de los activistas ambientales que terminan asesinados. Recordemos que ellos mueren por defender su forma de vida, su supervivencia, pero que también mueren por defender aquello que nosotros tanto admiramos cuando viajamos. Recordemos, también, que el post anterior acabó con el compromiso de explicar en un segundo post dos ejemplos con más detalle.

Pues aquí los tenéis.

Los dos casos que os exponemos sucedieron en Brasil.

Chico Mendes fue un seringueiro, un recolector de caucho, que vivió y murió en la selva amazónica de Brasil. Comenzó a trabajar con nueve años y hasta los 24 no aprendió a leer. Pero siempre destaco por su oposición a la deforestación y por su lucha a favor de todos los pueblos de la selva: indios, recolectores de caucho y habitantes de las riberas de los ríos…. Todas estas actividades le dieron una gran proyección internacional y, mientras tanto, fue evolucionando de seringueiro a sindicalista y de sindicalista a ecologista.

 

Entre 1976 y 1988 Chico y sus compañeros llegaron a organizar 45 “empates”, unas concentraciones no violentas de seringueiros con las que pretendían impedir la tala de ciertas regiones de selva. Su argumento era que, en ese momento, esas regiones ya estaban siendo explotadas de manera sostenible por los mismos seringueiros. El saldo fue de 400 detenidos, 40 torturados y varios muertos. Y, si bien, finalmente impidieron la deforestación de 1,2 millones de hectáreas de selva, estas acciones siempre chocaron con los intereses de los grandes latifundistas.12233094_509900805838842_1287207046_n

Y por ello Chico fue asesinado el 22 de diciembre de 1988.

Los asesinos fueron un terrateniente y su hijo y él tan solo tenía cuarenta y cuatro años.

“Chico llevaba jugando al dominó desde las cuatro de la tarde. A las siete y media le pedí que parara para servir la cena. Entonces se levantó de la mesa y fue a ducharse: cogió una linterna, abrió la puerta … y le dispararon “

Su esposa recuerda, de esta manera, los últimos momentos de su marido.

Lamentablemente, si no hubiera sido por la repercusión internacional que alcanzó, este asesinato habría quedado impune. Como ya fueron impunes los más de mil asesinatos de dirigentes sindicales, militantes de izquierda, abogados, sacerdotes de la teología de la liberación, indígenas…; todos ellos brasileños.

Finalmente la muerte de Chico Mendes atrajo la atención internacional sobre la destrucción del Amazonas, terminó con la impunidad absoluta y posibilitó la creación de las llamadas “reservas extrativistas”.

Pero, como siempre, “alguien” tuvo que pagar un precio demasiado alto por ello.12243861_509900519172204_177803963_n

Dorothy Stang también pagó un precio demasiado caro por su compromiso activista. Esta monja de 73 años, de nacionalidad estadounidense y naturalizada brasileña, se estableció en una pequeña localidad del norte de Brasil donde fundó 22 escuelas y un centro de formación de profesores. Pero Stang también evolucionó: de promotora de la educación a defensora de la reforma agraria y, de reformista agraria a ecologista. Su mayor ambición fue un proyecto de desarrollo sostenible que implicaría repartir 130.000 hectáreas entre 600 familias campesinas. Pero, de nuevo, esta intención chocó directamente con los intereses de unos terratenientes que talaban, ilegalmente, miles de árboles de madera exótica.

Pará fue el estado donde ocurrió todo. Además de ser donde más activistas ambientales se asesinan en Brasil también es, curiosamente, donde se localiza la mayor cantidad de haciendas con trabajadores esclavos; allí mismo fueron asesinados cinco inspectores del Ministerio de Trabajo cuando fiscalizaban  haciendas en busca de esclavos.

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La mañana del 12 de febrero de 2005 Dorothy se despertó temprano para ir andando hasta una reunión de la comunidad donde se debatiría, por enésima vez, sobre los derechos ambientales y sociales en la región amazónica. Pero antes de llegar dos hombres armados le bloquearon el camino. Le preguntaron si tenía armas y entonces ella afirmó que su única arma era su Biblia. Avanzó un par de pasos, se giró cuando la volvieron a llamar y entonces fue cuando la dispararon en la barriga, haciéndola la caer de bruces. Se acercaron a ella y le volvieron a disparar; esta vez en la espalda y en la cabeza.

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Quisiera creer que, con el tiempo, no tan solo irá desapareciendo el asesinato como forma de extorsión, sino también cualquier forma de extorsión ambiental; seria una señal inequívoca de que estamos evolucionando como especie y de que nos merecemos seguir “gestionando” este delicado planeta.

En caso contrario creo que la naturaleza se equivocó al cedernos tanta responsabilidad. Y quizás, entonces, fuera mejor que cualquier otra especie nos cogiera el relevo… antes de que fuera demasiado tarde.

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