David Bowie, héroe eterno

La palabra eternidad me asusta.

Pero me distrae del miedo el conocer

que si la eternidad existe

seguiremos amándonos en ella.” – RAMÓN GALLAR

Hermoso, carismático, camaleónico, andrógino, transgresor, inconformista, elegantísimo, misterioso, hay muchos Bowies en David Bowie, como si de una matrioska de las artes se tratase. Otro tanto se podría decir de su poliédrica personalidad como artista: actor, icono, dibujante, cantante, multiinstrumentista, compositor, arreglista, productor musical…

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Imprevisible también. El primer recuerdo que me viene de él tras el brutal zarpazo de la noticia de su muerte se remonta al concierto-homenaje a Freddie Mercury en Wembley aquel inolvidable 20 de abril de 1992. Después de interpretar una vibrante versión de Heroes, Bowie se dirige al público enfervorizado y cuando parece que va a hacer un sentido speech, se arrodilla y con extrema elegancia recita un Padrenuestro acompañado por cien mil voces sobrecogidas.

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El éxito fue generoso con él: vendió lo que quiso, llenaba estadios, agotaba el papel a la velocidad de la luz. Su versión de dandy glam le convirtió en superestrella venerada, en leyenda viva. Pudo repetir la fórmula con sutiles matices hasta la saciedad para deleite infinito de sus fans embelesados ante su talento magnético. Pero no lo hizo. A Bowie no le gustaba el éxito fácil, sabía que un artista que quiere crecer debe arriesgar, plantarle cara al abismo del fracaso para renacer más fuerte, más grande si cabe. Huyó de de la idolatría y se aventuró en mil caminos de sonido y visión. Experimentó con la música electrónica, el free jazz y hasta con el hard rock. Supo buscarse los mejores cómplices para sus exploraciones: Brian Eno, Robert Fripp, Peter Frampton, Pat Metheny o Tony Visconti, productor de sus últimos trabajos.

Una imagen como la suya no podía pasar desapercibida para el cine.

Recuerdo el estreno de Merry Chritsmas Mr. Lawrence, de Nagisa Oshima, en el ya desaparecido Festival de Cine de Barcelona y el beso subversivo a Ryuichi Sakamoto en aquel campo de prisioneros.

Esta mañana, mientras volvía cabizbajo a casa sin ganas de comer, sin ganas de nada, las nubes estaban teñidas de gris, arrastradas por un viento airado y el sol brillaba con un raro fulgor. Bowie ya estaba allí.

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