Locomotoras Indias

Antes de empezar, quiero agradecer el éxito de mi última publicación 6 horas; donde narraba las vivencias de uno de mis viajes en autobús por el India. Sin la intención de mencionar todos y cada uno de los medios de transporte y sobrepasar así los límites de la estupidez humana y de vuestro aburrimiento, me dispongo a narrar qué supone ir en tren en este país. Qué experiencias genera este medio de transporte tan fotografiado? Me habían explicado anécdotas. Travestidos desnudos ante pasajeros, estos primeros se vestían a cambio de dinero. Turistas drogados y posteriormente robados. También me habían avisado. La categoría en que viajes es muy importante me decían, así que he viajado en la mayoría de ellas. A continuación os presento el resultado.

En primer lugar hay que conseguir un billete de tren, y esto, como la mayoría de las cosas en la India, no es fácil. Hay que acercarse a una taquilla. Esta, no suele ser nunca la adecuada en el primer intento, así que después de unas cuántas vueltas por la estación, con fortuna se encuentra la adecuada. Una vez allí, hay que formar parte de una muchedumbre de personas impacientes en un proyecto de fila con abundante sonoridad. Los miembros de estas, no tienen ningún inconveniente a la hora de avanzarte. Si se superan estas etapas, ya se está a punto para hablar con el expendedor. Con fortuna te proporcionará el billete con el día, la hora, la categoría y el precio que deseas. Puesto que es posible que vayan llenos, que no te ofrezcan todas las opciones o bien incluso que estés en lista de espera.

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Boleto en mano y con horas de margen es conveniente desplazarse a la estación. La primea vez que fui, era para subirme a un tren nocturno de unas 12 horas. A pesar de las advertencias, no estaba preparado por lo que me esperaba. Si he sobrevivido 6 horas en autobús público porque no tendría que hacerlo unas cuántas más en un tren, pensaba. Al llegar a la estación quedé impactado por la autenticidad de aquella escena. Cantidad de gente estirada en el suelo, muchos de ellos durmiendo, otros asentados comiendo, la gran mayoría en grupo y cargados con cajas, maletas, paquetes, fardos y un largo etcétera de objetos. Era tal la multitud de pasajeros mezclados con sin techo, que llenaban los andenes, las escaleras y la superficie de la terminal hasta el punto de dificultar el desplazamiento normal. Dejado atrás el primer impacto llegó el momento de buscar la plataforma, el tren, el vagón e incluso el asiento entre la aglomeración.

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Tanto carteles, como taquillas, pantallas o señales acústicas pueden ayudarte, pero desde mi punto de vista, no hay nada mejor que preguntar a otros pasajeros; pero una vez nunca es suficiente. Eso sí, siempre después de un minucioso análisis no solo de la persona a la cual lo preguntarás sino que también de su comportamiento no verbal durante la respuesta. Estos, te harán saber donde llega el tren y cuando lo hará, esto siempre que finalmente funcione aquel día. Puesto que me han llegado a explicado retrasos sonados de hasta 12 horas. Pero esto no es todo, también personal dedicado a proporcionar información, explicando a viajeros que si viene el tren ya lo verán y que si no lo ven es que finalmente no ofrecerá el servicio. Ya localizado todo, es un buen momento para dejarse fluir para vivir, muy probablemente, las mejores experiencias que te proporcionará este país. Puedes ser rescatado de situaciones incómodas y disfrutar de horas de compañía autóctona. Donde después de responder a las preguntas de protocolo: de dónde eres, si estás casado, si vienes solo, tu edad, currículum profesional y académico. Y después también de despertar caras de asombro, la conversación se vuelve más distendida. Hasta el punto de ser invitado muy fácilmente a comer y beber.

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Dentro del tren se vive un espectáculo constante. Por supuesto vendedores: de cacahuetes, llaveros, té, verduras con limón, bebidas y un largo etcétera de comida y objetos impensables. Al hacerlo, utilizan el nada discreto estilo indio. Este, consiste en gritar fuerte y muy repetidamente el nombre del producto que venden. Es así como una banda sonora de Chai chai, Panni bottle panni bottle, te acompaña todo el trayecto. Al llegar a una estación, son más vendedores los que, o bien suben a los vagones, o bien desde las ventanas mismas, aprovechan el tiempo, hasta que el tren empieza a arrancar, para hacer unas ventas. Cuando el tren esta en movimiento, saltan por las constantemente abiertas puertas y se quedan en el andén. Entre el desfile constante de individuos también se añaden ciegos, personas con malformaciones, músicos e incluso acróbatas amateurs que se plantan ante ti esperando dinero a cambio. Estos personajes aportan diferentes tonalidades a la orquesta acústica ya presente en el trayecto. Al guirigay se añaden eructos, roncos, militares en maniobras y altavoces de teléfonos móviles que hacen pensar que los auriculares todavía no han llegado a este país. Toda esta combinación va siempre acompañada de la constante ruido del tren. Este, se acentúa en el puntual pase de otra locomotora a toda velocidad a escasos metros; cosa que produce un inesperado estruendo. La muchedumbre sonora forma en todo momento una sobredosis acústica difícil de imitar.
Hay que estar atento. En la India, el contacto físico es tan común, que es fácil encontrarse encarcelado. Atrapado entre el pie de la mujer de delante tuyo que descansa entre tus piernas, el final del banquillo a la izquierda y otra mujer durmiendo a la derecha. Es en ese momento cuando te preguntas que más podía pasar. Te giras y te das cuenta que a escasos 10 metros y en las mismas vías del tren un hombre está defecando.

Durante el trayecto también hay acontecimientos puntuales. En primer lugar, instantes en que, como si jugaran al juego del teléfono, los pasajeros se informan del paso por un templo. Al hacerlo, le dedican un pequeño rezo. Hay que recordar el común retraso de los convoyes al llegar a su destino. Acorde a mi experiencia una media de 2 horas; cosa muy comprensible teniendo en cuenta las numerosas e incomprensibles paradas que hace durante el trayecto. Esto hace que gente aparentemente desconocida hable, que otras opten para bajar del tren a medio trayecto, por una vez en marcha la locomotora, de un salto volver a subir, todo ambientado con un perfume, nada agradable, resultado de la crema de basura a los bordes. Durante las largas horas que pueden llegar a durar los trayectos, suelo leer. Pero es en los momentos en que los pasajeros de mi alrededor sacan de sus inmensas bolsas de comida cuando guardo el libro y disimuladamente me preparo. Quién sabe, quizás esta vez también me invitan.

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Cómo os he dicho, he sido capaz de viajar en la mayoría de las clases que el sistema ferroviario de este país ofrece. Hay que destacar que después de sobornar a un revisor y poder desplazarme en una de las categorías más lujosas, pude descubrir que en aquellos vagones se vivía en otra India. Una India sin ruido, sin color, sin vendedores, sin olores; una India con vagones con las puertas cerradas. Un país completamente opuesto al que, por ejemplo pude vivir pasando una noche en uno de las decenas de vagones de clase general o bien en la clase sleeper, ambas más económicas y fuente principal de las vivencias aquí contadas.

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