Irlanda anecdótica

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Irlanda es un país de contrastes, ya lo hemos dicho por activa y pasiva. Está claro que no en todos los aspectos (véase su clima y paisajes), pero uno puede comprobar como su actualidad tecnológica, el aprovechamiento de recursos para el turismo o la heterogeneidad visual de ciudades como Dublín dotan a la isla de un atuendo propenso al -aunque sea mental- souvenir en todas sus formas.

Todos esos contrastes encabidos en invierno y un viaje por carretera de 10 días, con un interludio de turismo urbano en Dublín, dan para explicar alguna que otra anécdota. Situémonos en nuestro escenario: tres amigos, unos mayores que un servidor, pero intrépidos y jóvenes cuando se trata de descubrir países. Uno con la lupa antropológica, otro con la lupa paisajística, y finalmente un servidor que curiosea mucho y se fija en todo lo que tenga relación con la música y el turismo. En Dublín hay que añadir dos amigos más: un agradable gourmet y un enamorado informático muy abierto a descubrimientos.

Killarney / Cill Airne – iglesia de las endrinas

Llegando al hostel de esta localidad de Kerry, se nos dio una tarjeta a cada uno para entrar y salir de la habitación (en este caso una de 4 camas para nosotros). Vizcaíno se atrevió a llevar la iniciativa para abrir la puerta, y fue tan importante el ímpetu tras horas de circular por la izquierda alrededor de la península de Dingle, que nos quedamos con media tarjeta dentro y otra media fuera de la puerta. Vale a su favor que era muy fina y no llevábamos tanto por la mano la racha de adaptación hostelera. Lo más entretenido fue sacar de la ranura de la puerta con unas pinzas la mitad de la tarjeta, por suerte sin ningún espectador. Lo bueno fue que pedimos otra y no se nos cobró la rota, probablemente por la costumbre de roturas de tarjeta…

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Las primeras horas de nuestra expedición por la localidad de Kerry fueron especialmente húmedas. De hecho, el permanente chirimiri (drizzle, lo llaman en Éire) ya nos tenía permanentemente integrados sin entorpecer nuestro contínuo paso todoterreno. Tanto es así, que comenté a mis compañeros el hecho de que hacía un buen día. Con un 70-80% de humedad, esta vez sin viento, y la susodicha llovizna. Lo que me llevó a pensar que ya uno se adapta a todo… pese a ser mediterráneo.

En Killarney también fue donde desayunamos fuera del hostel con un budget muy anti-crisis. Sin embargo, de nuevo Xavier fue quien marcó la diferencia. En la cafetería donde desayunamos los tradicionales scones, él fue el único que no quiso pagar un poco más por solo uno acompañado de una infusión… y quiso hacer el trueque de comprar los takea-way, con la buena voluntad de comérselos después antes de iniciar el nuevo recorrido en el super-Toyota de cambio automático. El problema fue cuando intentó comerse uno de ellos dentro de la cafetería… y la camarera con un punto autoritario se lo prohibió! Si es que supo diferenciar ser demasiado buena de ser… bonachona.

Por la noche, asistimos al pub Grand’s y oímos como los músicos que se están preparando para tocar la típica música tradicional comentan como ha llovido y la humedad que hay: “it’s pretty wet today, eh?”. Sacuden sus fundas de guitarra y violín, y nosotros pensamos lo grave que debe ser el clima como para que los mismos irlandeses lo comenten. Aunque luego uno ve que NADIE lleva paraguas en ese país… probablemente por el maldito viento que durante todo el año peina la isla Esmeralda. Nos reímos de la Tramuntana, ¡que no es poco!

Cork / Corcaigh – un puerto seguro para las naves

En Cork empecé a aprender inglés hace unos años, me reencontré con la segunda ciudad de Irlanda. Unos apartamentos me sirvieron de cobijo con un amigo de entonces, y allí pude empezar a entender qué era vivir fuera del nido pater- y maternal. Unos apartamentos me recordaron donde me alojé. Pese a estar lleno de españoles, aprendí mucho más que inglés: la sencillez y vitalidad andaluza y murciana, la cercanía valenciana. El inglés lo dejé para la escuela de lenguas y el entorno de esos 21 días del verano en 2009.

Una vez pasé mi etapa nostálgica de Cork, me dirigí con mis compañeros por el centro. Por el camino, encontramos un local donde escuchamos salsa, y mis compañeros tuvieron tantas ganas de entrar que acabamos presenciando una clase de baile. Otro contraste: dos bailarines italianos daban clases de bailes latinos a irlandeses de varios orígenes y perfiles. Había un pero: empezaron con reggaeton… Lo que nos catapultó a la salida en poco tiempo!

Dublín / Baile Átha Cliath – población del vado de cañizo

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La primera vez que llegamos a Dublín (aeropuerto), nos pasó algo un poco surrealista. Un señor irlandés un poco tartamudo por poco nos estafa con un coche de alquiler BMW con GPS integrado… gracias a su acento latino ultra-rápido y con un volumen más bajo que Tyrion Lannister. Finalmente llegamos a la conclusión que le entendíamos más en inglés.

De nuevo no tuvimos mucha suerte con los coches. Volviendo a Dublín a devolver el primer coche, justo cuando tomamos el taxi para dirigirnos al centro y encontrarnos con los demás compañeros, un taxista que estaba como un cencerro nos recibió. Antes de que Xavier (el segundo de ellos) le parara los pies por su relativamente peligrosa conducción, éste tuvo que entrar en el coche… y la confusión en la cultura de conducción irlandesa le hizo probar todas las puertas del coche hasta que se sentó en la delantera izquierda, donde el copiloto! Cada vez que se equivocó, nosotros nos reímos lo suficiente como para darle un poco más de ímpetu al señor taxista y él explicó uno de sus chistes malos justo antes de activar -por fin- su radio.

Mirando los edificios ante una carnicería, me encontré con una señora que me preguntó si me había perdido. Yo, con mi curiosidad por observarlo todo, tuve que tranquilizarla diciendo que no tenía ningún problema. Ella insistió: “si tienes alguna duda, pide direcciones en carnicerías u otras tiendas de comida, nunca te engañarán!”. Una vez se lo agradecí y me despedí de ella, comprendí de nuevo como la población irlandesa derrocha empatía.

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Una muestra del Streetart dublinés que nos recordó a Banksy

Connemara / Conamara – descendientes del mar

Maan Cross nos brindó más que paisajes y fauna. Tuvimos que parar con el coche, pues unas 15 ovejas estaban comiendo hierba y paseándose justo allí, y fue entonces cuando decidí salir del coche para hacerles una foto… hasta que empezaron a correr hacia mí. Mi instinto de supervivencia hizo que me asustara y fuera hacia el coche. Y en salir de nuevo para hacer otra foto, huyeron de mí! Cosas de la naturaleza.

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