Don Quijote para señoritas

 

Javier Marías. El Quijote de Wellesley. Notas para un curso en 1984. Alfaguara. Barcelona, 2016. 102 p. 15,90€


Wellesley Collage (Massachussets, USA) es una rareza en el mundo universitario norteamericano, pues su alumnado es exclusivamente femenino. Por sus aulas pasaron Julián Marías, padre del autor, el poeta Jorge Guillén y el mismísimo Vladimir Nabokov quien, según cuenta la leyenda, podría haberse inspirado en alguna de sus jóvenes y aplicadas alumnas para escribir su inmortal Lolita.

Una de las aportaciones más interesantes del joven y prometedor Marías (fue contratado con poco más de treinta años) al texto cervantino son sus observaciones sobre la imprecisa línea que separa la locura de la lucidez de su intrépido protagonista. Una locura de ida y vuelta, encerrada a su vez en sucesivas formas de delirio, como si de una matrioska mental se tratara.

“En el mundo de espejos, reflejos y ambigüedades de Cervantes se añade la locura dentro de la locura. Aquí hay una clave importante: dentro de la locura hay una cordura (¿quizá una coherencia?). ¿Puede un loco volverse loco? ¿No será tal vez eso lo que le pasa a Don Quijote al final, cuando a los ojos de todos ha recuperado la cordura? ¿Que una vez loco –una vez vivida una vida determinada-, la mayor locura es volver a ser cuerdo?”

El genio de Cervantes no se limita a haber fundado la novela moderna (los diálogos, la novela dentro de la novela, la literatura epistolar, los refranes…) con esta obra agotadora e inagotable, sino que reflexiona con donoso magisterio sobre un asunto crucial en toda ficción literaria: la decidida voluntad de salir de uno mismo, de ser otro. Eso que algunos historiadores han denominado la egohistoria, la egohistoria transformada a su vez en un nuevo yo más allá del ego.

“El Quijote es en su primera parte la historia de una locura decidida, deliberada, determinada por quien la padece, y en la segunda es la historia de esa misma locura no ya aceptada, sino fomentada, querida, propiciada por los demás. Es, por tanto, la historia del deseo de ser otro del que se es (y de su logro), y de la imposición por parte de los demás de que cada uno sea alguien, verdadero o falso, pero sólo uno. El Quijote encierra mucho más, pero sólo por haber tratado de la manera más sutil y compleja esta cuestión vital para todo individuo y toda sociedad, ya merece ser leído hoy. Pues ¿quién, en todo tiempo y lugar, no ha querido ser otro del que es? ¿Y quién no ha temido lograrlo y querer después volver a ser el que fue y dejó de ser? ¿Quién no teme hoy, en suma, las palabras del propio Cervantes? Dijo: “Tú mismo te has forjado tu ventura.”

El Quijote de Wellesley es un libro útil, brillantísimo, de una lucidez asombrosa, de una erudición siempre muy didáctica. Posee en definitiva todos los ingredientes para devenir –si no lo es ya- un texto canónico. Uno de esos títulos que se podrán leer con avidez dentro de 50 años. Si es que para entonces hay lectores de novelas caballerescas. O de lo que sea.

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