Iván Tubau, el desencantado precoz

Este año se han cumplido 30 años (que se dice pronto) desde que abandoné la Universitat Autònoma de Bellaterra con el pomposo título bajo el brazo de Licenciado en Ciencias de la Información (rama Periodismo). A decir verdad, aquello de científico tenía más bien poco, era en buena medida una carrera de humanidades que se impartía con grandes dosis de voluntarismo y mucha, demasiada precariedad. Tanta, que por no tener no teníamos ni un edificio propio y nos veíamos obligados a ocupar aulas de Derecho, la EUTI y Económicas. Una calamidad.

De todo el profesorado que tuve en aquellos años de libertad, descubrimiento y algo de conocimiento, he seleccionado tres especialmente memorables con los que formar algo parecido a un podio de grandes maestros de la comunicación. Por talento y méritos, todos ellos podrían obtener la medalla de oro. Sé que es injusto, pero a Tubau le colgaría la medalla de bronce.

Iván Tubau Comamala (Barcelona, 1937) impartía clases de Redacción Periodística 1. Su perfil académico era ya abrumador: doctor en Periodismo y Filología Francesa y diplomado en Arte Dramático. Nos trataba de usted y su objetivo docente no era otro que escribiéramos sin faltas de ortografía y pusiéramos los puntos y las comas en su sitio.

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© Jot Down

Alto, delgado, con una barba corta entrecana. Mirada viva, vivaracha, sonrisa irónica que a veces podía destilar un ácido sarcasmo. Su indumentaria tenía algo de dandy sobrio de estudiado desaliño. Ya en aquellos primeros años ochenta, Tubau era un desencantado de una izquierda que pronto cambiaría la pana por los consejos de administración. Y de otra izquierda más a la izquierda que quería cambiar el mundo en las asambleas universitarias y de paso echar un polvo. Su antipujolismo era ya legendario. Tubau era prototipo de maestro diferente, heterodoxo, que hacía clases en el campus y no hacía exámenes, pero sí muchos ejercicios prácticos de redacción. Que era de lo que se trataba, claro.

Aquel hombre que deslumbraba con su ingenio malicioso y por su inquebrantable rigor filológico, tuvo dos momentos especialmente gloriosos. Un día acudió a clase envuelto en una bufanda más grande de lo habitual y, con unos gestos de mimo, nos vino a decir que una fuerte afonía le impedía dar la clase. Luego se dirigió a la pizarra con pasos lentos, afligidos, muy teatrales y escribió:

La ortografía es un asunto de la memoria visual y sólo se aprende leyendo.”

(Gabriel Ferrater)

O aquel día que, al final de una clase, nos dijo que aquel fin de semana se estrenaba Operación Sexo, “una película española muy mala donde un servidor de ustedes aparece enseñando el culo.” La película era, en efecto, un bodrio absoluto y aquel pequeño cine al sur de las Ramblas era un garito con mucha actividad en las filas traseras que hubiera hecho las delicias de Gil de Biedma.

PS

Años después de todo esto, supe que el profesor Tubau había sido suspendido de empleo y sueldo durante seis meses por unos supuestos comentarios obscenos a una alumna en una clase de Periodismo Cultural. Qué raro, pensé. ¿Cómo era posible que aquel hombre que nos traba de usted, tan culto y tan sutil en sus comentarios fuera capaz de hacer un chiste fácil sobre la oralidad del francés? Tubau recurrió la sentencia y ganó en segunda instancia. Pero como esto último no lo sabe casi nadie, ahí lo dejo.

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